Cosecha continua: cannabis todo el año

Por Joaking
Es posible tener marihuana todo el año a bajo costo. Después de que la pequeña formó el cuarto nudo (entre 10 y 30 cm) la puedes esquejar. Regulas su fotoperíodo, y cuando estén prontas las sacas al exterior; no importa si es invierno, verano, otoño o primavera. En la latitud sur 35 la cannabis crece en cualquier época del año y aguanta lo que tenga que aguantar. Y si no aguantan, construye un invernadero. Puedes alcanzar tres cosechas anuales ajustadas a tu consumo, o las que quieras.
En 10 meses, después de algunas equivocaciones y mucho aprendizaje, logré tener bollones todo el año. Esta historia empezó cuando convergieron algunas situaciones: la ley del presidente José Pepe Mujica, un gringo con ganas de divulgar conocimiento sobre el cannabis, y un potencial cuarto de cultivo. Toda la información en internet también fue clave.
Del paragua a la flor
Asesorados por el gringo, ocupamos un galpón en la casa que alquiló el Flaco, amigo y socio en esta aventura. Sus medidas eran  perfectas para hacer un indoor clandestino: 1,44 x 3,2 m. Allí pusimos nuestra primera maceta. Ahí fueron a parar cuatro semillas de algún porro paraguayo. Las pusimos bajo una lámpara de 20w blanca.
Días más tarde el jardín de la alegría echaba raíces. El gringo tenía una planta madre que recién había sido esquejada. Recibí en adopción tres pequeños esquejes de una variedad índica llamada Aurora. Una de ellas no sobrevivió a nuestra torpeza de primerizos: la ahogamos. Por ese entonces, empezaron a desangrarse los bolsillos: compramos nuestro primer foco LED de 50 W, luz blanca y 6500 Hz.
Las horas de dedicación sobrepasaban las que destinábamos a fumetear. De a poquito, despacito, montamos nuestro propio indoor. En un cuaderno anotábamos todo: humedad, riego, temperaturas máxima y mínima, lúmenes, consumo de luz y qué sé yo cuánta cosa más. Pero somos unos fumetas, por eso el método científico no duró mucho. Optamos por el método del turista japonés: le sacamos foto a todo. En la cámara quedó nuestro registro con fecha, hora y acción. Lo que mamá siempre quiso y nunca logró lo hicieron estos especímenes; desinfectábamos todo.
Les dimos 24/7 horas de luz. Seguimos invirtiendo, colocamos el segundo LED. Con el Flaco nos quedábamos horas mirándolas, sacando fotos y hablándoles. Buscábamos asesoramiento de quien tuviéramos a mano y navegábamos en lo profundo de las redes evitando que el tío Google nos observara. El jardín recibía una actualización, un update frecuente. Habitualmente perfeccionamos nuestros rudimentarios sistemas, pero nuestro afán evolutivo no era efectivo: sufrieron calor, frío, falta de agua, exceso de nutrientes. Todo lo que había para hacer mal lo hicimos. Pero lograron sobrevivir.
Antes de que la ansiedad por forzar la floración nos ganara, sacamos dos esquejes de las ramas inferiores de la planta más grande y los pusimos en una turba que se llama jiffy. Asombrosamente las dos sobrevivieron, así que compramos dos LED para ellas. Así nació el cuarto del vegetativo. En el cuarto de al lado, para comenzar la floración agregamos cuatro LED de 50 W. Habíamos leído que cuanto más watts, más cosecha. Cambiamos el fotoperíodo a 12/12. Ya teníamos 200 W, luz cálida y otros 200 de luz blanca y 6500 Hz. Efectivamente, a mayor luz, mayor crecimiento.
Las condiciones térmicas habían mejorado y eso impactaba directamente en el crecimiento. Si pasaba una semana sin hacer algún tipo de update, nos sentíamos en falta. Por entonces, llegamos a la tercera generación de esta planta. Habíamos esquejado del esqueje.
En muy pocos días las plantas en floración comenzaron con un cambio morfológico importante. Estaban ahí las pequeñas flores, con un olor sin igual. Controlábamos humedad en sustratos, medimos pH -sin modificarlo-, nutríamos con un kit para hidroponía y le agregamos dos focos LED de 50 W, por las dudas. Por entonces ellas disponían de 4 x 50 W de luz blanca y 4 x 50 W de luz cálida.
Luego de ocho semanas de fotoperíodo 12/12 lo conseguimos. Aparecieron las flores del bien, nuestra primera cosecha estaba entera ante nuestros ojos. Teníamos que matar a quien habíamos cuidado por tanto tiempo. Las dimos vuelta. A los pocos días las frondosas plantas eran unos ejemplares escuálidos, hasta daban un poco de lástima; pero cuando olía el néctar de los dioses me sentía en otro planeta. Lo habíamos logrado.
De nuestra primera cosecha con dos plantas obtuvimos 86 gramos de pura flor exquisita, con un pegue muy diferente del que estábamos acostumbrados. El paraguayo nos hacía sentir como si cargáramos un saco de 50 kilos sobre los hombros. Con nuestras flores volábamos por los aires, con la mente clara.

La era de la abundancia
Pero lo mejor ocurrió en el cuarto de al lado. Allí se gestaba la perpetuidad de la especie. Nuevamente esquejamos las dos plantas que habíamos esquejado dos meses y medio antes. Tenían más de medio metro de altura. Esta vez cambiamos la técnica de multiplicación; del jiffy pasamos a la aeroponía. Fue como pasar de subir una montaña en rodillas a bajarla en montaña rusa.
Nuestro sistema aeropónico es muy simple. Un balde (tiesto) de 20 litros con una bomba de pecera que pulveriza agua sobre los esquejes sostenidos por una goma eva, caucho de silicona o similar, que deja al tallo suspendido en el aire mientras que la minibomba lo pulveriza con agua del grifo 24/7. No es necesario añadirle alimento si el agua del grifo contiene una EC mayor a 300 ppm TSD. La temperatura del agua siempre la mantuvimos entre 20º C y 28º C.
En 20 días, los tallos echaron raíces de entre 10 y 20 cm, entonces las transplantamos. En el nuevo contenedor tuvo un crecimiento vertiginosamente asombroso.
Una vez que los esquejes empezaron a enraizar las dos mamás pasaron al cuarto de floración de donde sus progenitoras habían salido días atrás. Comenzó la cuenta regresiva nuevamente: ocho semanas y nuestra segunda cosecha estaría pronta.
Había comenzado el ciclo virtuoso, unas plantas secando, unas florando, otras vegetando. Gol. Ciclo continuo.
La cosecha anterior la empezamos a toser ansiosamente a los 10 días de colgarla para secar y nos tenía que durar hasta la próxima cosecha, algo difícil dado que fumamos como adultos.
Por entonces, en la ronda de amigos cuando circulaba un paraguayo lo mirábamos de reojo, aunque a veces le dábamos unas caladas para no desentonar. Eran los últimos paraguayos, lo sabíamos. La próxima cosecha ya estaba en marcha. La cosecha continua era y sigue siendo un éxito.
Mejor al sol
Mientras los esquejes de la aeroponía estaban listos, las dos madres sufrían porque las pasamos de fertilizantes. Comenzaba la floración y no entendíamos bien qué les pasaba a las hojas. Se veían extrañas, pensamos que se habían enfermado y las sacamos del cuarto de cultivo al exterior, temimos que nos contagiaran los esquejes. Casi las tiramos a la basura, pero después de unos lavados de raíz logramos obtener por primera vez una cosecha en exterior muy similar a la que habíamos obtenido con los ocho LED de 50 W. El astro solar nos quería decir algo, pero todavía no sabíamos entenderlo. Pero tampoco estábamos lejos.

Aurora Índica casi lista para salir al exterior.

En esos tiempos los esquejes estaban en su nueva casa, en pleno estado vegetativo, bajo un régimen permanente 24/7. La cuarta generación estaba en camino. Le dimos un nuevo update al cuarto de la alegría. Hicimos el piso con material. Nunca habíamos tomado una cuchara de albañil, ni habíamos pintamos el cuarto de blanco. Aislamos el techo, hicimos un panel de control eléctrico, metimos un inyector de aire con motores viejos de heladera y un extractor industrial de segunda mano. Además, compramos dos lámparas de sodio de 400 W con sus balastos y reflectores. Llevábamos gastado un pastón de guita.
Seguimos gastando. Pusimos una mesa nueva con bandejas para poder revisar y regar las plantas, preparamos bisturís esterilizados, arena, perlita, colocamos los focos, compramos palitas de jardinero y tanto más. Luego de que los esquejes vegetaran, en unos 24 días, y llegaran a los 30 cm de altura, prendimos el primer sodio y le dimos un fotoperiodo de 12/12. El falso otoño había llegado.
En menos de 30 días las plantas habían crecido cual caña de bambú, las preflores ya se mostraban. Incorporamos trichodermas que colaboran para que los nutrientes no intoxiquen a la planta, y también lucha contra otro tipo de hongos perjudiciales.
De las limitaciones que pueden existir -tamaño de la maceta, nutrientes, cantidad de luz, CO2- obviamente le erramos al tamaño de la maceta. Eran de cinco litros, las raíces no tenían hacia donde crecer. El riego era diario, consumían 200 ml de agua por maceta, cada día.
El tamaño de la maceta es clave; cuanto más grande, más cogollos y menos posibilidad de que sufran falta de agua, siempre y cuando no te falten nutrientes, luz ni CO2. La cosecha esta vez había sido un éxito, rica y abundante.
Llegó un momento que teníamos muchos, muchos, muchos esquejes y pocas ganas de estar alejados de las seis plantas por persona que la reglamentación iba a permitir en Uruguay. Así que sacamos la pata del acelerador. Llegamos a tener tanto que tuvimos que hacer hachís, brownies y demás; no tenemos ganas de correr ningún riesgo.
A 10 meses de haber empezado nuestra aventura, los bollones estaban siempre repletos. Armábamos unos canutos del tamaño de un bate de béisbol y el ciclo seguía siempre. Había algo en el bollón, algo secando, algo florando, algo vegetando, algo esquejando y, siempre, alguien fumando. Nuestro gasto más importante pasaron a ser los bollones.
Entonces llegamos al momento cooperativo. Nos aliamos con otros cultivadores para mantener una madre cada uno, de una especie distinta y así empezar a tener variedades. Lo logramos, ya tenemos una cantidad bastante descolocante de aromas, pegues y afines. Nuestra cava privada, pero cooperativa, la componen una selección de madres de AK47, Aurora Índica, Sweet Thai, Moby Dick, LCD, Devil y Super Silver Haze.
Del indoor al sol 
Después de todo este disfrutable viaje donde aprendí mucho, opté por un camino menos esquizofrénico. Me dediqué a ver qué pasaba si dejaba que el dios sol y la madre tierra hicieran la mitad del trabajo. El método nos regaló excelentes resultados con un gasto mínimo.
Lo veníamos pensado, pero no lo habíamos implementado. Una tarde me llamó Ann, que había recibido uno de los esquejes que regalamos. Me preguntó: “¿qué hago con este monstruo? Por favor, hacete cargo, los vecinos están buscando el zorrillo muerto”. Como no tenía nombre la bautizamos Queen Ann en honor a su dueña, una diosa.
En ese momento me sentí un poco chiquito, no solo porque la planta había superado los dos metros. Pensé que estaba gastando plata en unos bonsái de marihuana que me salían caros y al sol las nenas crecen como árbol. La esquejé antes de cortarla.
El cuidado que habían tenido estas plantas era casi nulo, sus frutos fueron una magnífica casualidad. Necesitábamos la ayuda de un barbero para manicurar a estas niñas que nos regalaron una cantidad gigante de cogollos, dos bolsas llenas de hojas y mini flores con las que hicimos hachís. Además, sequé más de un kilo de cogollos que tenían el tamaño del brazo de Mike Tyson.
La extracción de hachís la realizamos con unas bolsas que en el fondo tienen mallas de diferentes micras, cada una más fina que la otra, y se colocan una dentro de la otra. En la que tiene malla más gruesa se pone todo lo vegetal, preferentemente congelado, y se le agrega agua helada y hielo. Luego se retira la primera bolsa que retiene todo lo vegetal y en las bolsas restantes se retienen los tricomas. Estos son oleosos y el agua fría con lo oleoso no se mezcla, lo arrastra. Así obtuvimos el oro verde. Los troncos fueron a parar a la estufa. Quedé azorado del desempeño de esta fibra como combustible para calefacción, el día que tenga la opción dejaré de consumir eucaliptus como leña y me pasaré al cáñamo.
El ciclo continuo
Luego de todo este tiempo de cultivo y aprendizaje encontramos un sistema que se adaptó a nuestros requerimientos. Está compuesto por dos LED de 50 W y el clonador de aeroponía. Una vez que las plantas alcanzan una altura adecuada las sacamos del indoor a la luz solar. El momento de sacarla a la luz depende de cada cultivador, sus limitaciones de espacio, las horas de luz afuera y también de las ansias por poner a florar.
Este sistema artificial-natural es mucho más barato. Pero además las cosechas son sustancialmente más grandes, hemos sacado plantas en pleno invierno, entre junio y julio, también agosto y septiembre que han soportado granizo, heladas, tormentas, fríos y torpezas nuestras. Ellas sobreviven a las adversidades. El cultivo de invierno será un poco más reducido que el de otoño. Pero no es nada despreciable.

Por estas latitudes estamos acostumbrados a cosechar una vez por año, pero con el ciclo de cosecha continua podemos tener bollones llenos todo el año. La cosecha de abril pesará más que la de septiembre, claro, pero si lo logras, ya no estarás apurado con que crezcan rápido, los bollones siempre estarán llenos.
Siempre tenemos que tener una mamá, unos esquejes, otras florando, algunas secando. Si pasan más de tres meses y no haces girar cada eslabón de la cadena, seguramente te acercarás a padecer la falta del néctar, porque el ciclo virtuoso terminará.
Hoy el gasto de energía eléctrica en Uruguay, que tiene la tarifa más cara de la región, no supera nunca los 20 dólares al mes. Además, dejé de lado los fertilizantes casi en un 100 % y empecé a preparar la tierra con compost estéril de mi jardín. Las plantas fueron fumigadas con tierra de diatomeas y aceite de Neem cuando aparecieron moscas blancas.
Ahora mi fondo está adornado por la generación número catorce de Aurora. Son las plantas más lindas del mundo, las puedo ver desde mi cama o mientras estoy cocinando.
El indoor es muy divertido para experimentar, pero no es necesario estar todo el tiempo con las luces encendidas si podés sacar tus plantas al sol. Esto ocurre en la latitud 35 del hemisferio sur que más o menos comprende vastas regiones de Argentina, Uruguay y Chile.
Aunque me siento a años luz de entender la planta íntegramente, este experimento me ayudó a pensar un poco más cómo funciona el asombroso y siempre sorprendente mundo del cannabis. Simular lo que ya existe en la naturaleza es hasta ridículo. En 10 meses tuve porro para todo el año; es decir, para el resto de mi vida.

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