Con Evert de Verdamper: pionero del vaporizador

Leyenda del mundo cannábico, Evert de Verdamper lleva más de quince años predicando las bondades de los vaporizadores. Creador y artesano del "Verdamper", recorre ciudades y
ferias mostrando su bebé, llamado por algunos el "Rolls Royce de los vapos".

Evert de Verdamper es leyenda del vaporizador de cannabis. Son las 8:25 de la mañana en Buenos Aires. El cronista ya leyó los diarios del día y, junto a un necesario café, repasa la lista de preguntas. Nos hemos mandado varios mails con el hombre y ha sido difícil pactar un encuentro virtual. Más allá de la diferencia horaria, el hombre es un tipo difícil de atrapar y, encima, justo en estos días anda de viaje. Ahora está en República Checa buscando vidrio “Porque es mejor y más barato que en Holanda”, nos dirá luego. “Allá casi no tenemos sopladores que trabajen de la manera artesanal como lo hacen los checos”.

Porque al hombre le gustan las cosas hechas a mano. Es un artesano dedicado y su producto le han llamado el “Rolls Royce” de su clase. “Estoy de acuerdo”, nos dirásin falsa modestia. “El Rolls Royce también está hecho a mano y es el mejor en su tipo”.

Son las 8:30 y hacemos el contacto por Skype. Al otro lado de la línea, sentado en un sofá, está el hombre. Su nombre es Evert de Verdamper (Evert el Vaporizador, en holandés, su apellido real es un misterio) y fue, durante los años 90, uno de los pioneros que trabajó en la creación de estos dispositivos gracias a los cuales es posible fumar sin humo.

“Buen día Evert”, dice el cronista. “Buen día”, responde. Y le da una larga calada al vaporizador que tiene junto a él sobre una mesita. “Bueno, allá es la una y media de la tarde”, piensa el cronista. Aunque también piensa que probablemente no es la primera del día y, luego comprobará, no será la última antes de que terminemos de charlar.

Evert de Verdamper leyenda del vaporizador de cannabis

A la hora de hablar del producto que le ha hecho de un nombre dentro de la comunidad cannábica mundial, Evert cuenta que la idea nació cuando conoció a un hombre llamado Eagle Bill, quien andaba diciendo que era posible vaporizar la marihuana calentándola sin generar una combustión y aprovechando el vapor que va soltando. “Él tenía un prototipo y yo comencé a trabajar en el mío. Eso fue hace como 15 años”, dice. Por esos días trabajaba programando software “y ganando mucho dinero”, una vida que dejó de lado por el llamado de su “vocación verde”.

Y hablando de tecnología, aclara que la de los vapos fue “robada” de técnicas milenarias. “En la Antigüedad se solía utilizar un grupo de piedras precalentadas sobre las cuales se ponía el hachís, que no se alcanzaba a quemar sino que solo soltaba vapores, el THC”, cuenta. “No se trata de algo nuevo, aunque yo tomé la idea y la adapté con otros materiales, sobre todo el vidrio. Para mí, lo más importante siempre fue el vidrio”, dice, como dando fe de por qué esta tarde está fumando en un pueblo a las afueras de Praga y no en la comodidad de su hogar.

Lo interesante fue pensar desde un comienzo que esta técnica de consumo sería ideal para usos medicinales. “No tener que consumir los humos de la combustión saca de la ecuación todo el daño que esto trae consigo”, dice. “Además, usas un 40% menos de tu marihuana y puedes reutilizar varias veces la misma marihuana, algo que no se puede hacer si la quemas”.

Evert de Verdamper, leyenda del vaporizador y predicador cannábico

Al otro lado de la pantalla, Evert es todo lo que podemos imaginar de un holandés de 50  con décadas de vida en el ambiente de los Coffee Shops y demás yerbas que han hecho tan famosa a Ámsterdam. Lleva el pelo blanco largo y una camisa abierta encima de su camiseta. Se reclina constantemente en el sofá y muchas veces dice las cosas con la cabeza hacia atrás, como hablándole al techo, alargando las palabras con un cierto tono entre altanero y bonachón.

Para él, los vaporizadores se han transformado en una forma de vida. “Somos soldados de la guerra verde, ésta que nuestros enemigos han llamado ‘Guerra Contra las Drogas’. Llevo más de quince años de mi vida diciendo a la gente que la marihuana no hade daño a la salud sino que todo lo contrario. Si ellos le dicen a la gente que es terrible usar marihuana, yo le digo a la gente que es terrible que le digan a la gente que es terrible usar marihuana”.

“Y así pasa mi vida”, dice, antes de despotricar contra la producción en masa de vaporizadores. “Voy de feria en feria mostrando mis Verdamper y hablando de estas cosas. No soy Volcano, no hago ningún tipo de publicidad. Puede que su máquina sea mejor que la mía, pero también encuentro muy estúpido eso de fumar en una bolsa plástica. Mi máquina no tendrá su precisión a la hora de calentar la marihuana pero el vapor pasa directamente a los pulmones y no se queda adherido a ninguna bolsa. No creo que algo de eso sea bueno, pero sí es cierto que la publicidad que hacen es muy buena. Gastan mucha plata en eso”.

“En mi caso, cada vaporizadores diferente, porque son hechos a mano. Son iguales, pero son distintos. Si ves la tecnología para producir el proceso de calentamiento, es todo muy preciso, pero hay pequeñas diferencias. Y mi objetivo a la hora de pensar el diseño es que el Verdamper sea capaz de transmitir todo el sabor de la marihuana o el hachís que se use”.

A veces grita un poco, o explica las cosas con sonidos guturales. “La gente vio los primeros vaporizadores e hizo ‘aaahhrrggg’”, dice, un histrionismo que se le va a la hora de hablar de plata, un terreno que claramente lo incomoda. “Cuestan entre 400 y 1.000 euros”, dice, cuando preguntamos por los precios. “Aunque ahora están subiendo un poco. Hace años que me vienen subiendo los costos de producción y yo he mantenido los precios porque no me gusta el dinero. Odio la publicidad, soy más un activista que un vendedor. Claro, me pongo feliz cuando vendo uno pero, si no, estoy bien igual. Si no me compran hasta mejor, así puedo fumar más”, dice riendo, y hace un nuevo alto para prender el vapo. “La verdad es que no es muy buen negocio, pero como yo no soy un hombre de negocios, está bien”, dice antes de soltar el “humo”.

A medida que corren los minutos y Evert da más y más caladas al vaporizador, sus palabras tienden a ser, también, cada vez más largas, como estiradas. Al mismo tiempo, su acento se va haciendo cada vez más cerrado.

“Work” lo pronuncia “vork”, y presentimos que la entrevista está por terminar.

Ahora está trabajando en aceite de marihuana, para poder vaporizar el aceite. “El sabor es completamente distinto”, dice. “Es el futuro de los vaporizadores. Con los vaporizadores comunes, como es necesario alcanzar un alta temperatura, muchas veces se siente un ligero sabor a hierro en el vapor. Como el aceite no es necesario calentarlo tanto, acá el sabor es más suave pero al mismo tiempo más intenso, más rico”.

Me pregunta si quiero verlo. “Claro”, responde el cronista, y la magia de la tecnología hace posible, a 12 mil kilómetros de distancia, una clase en vivo de cómo se vaporiza el aceite. “¿Es eso un pincel?”, pregunto, al ver como unta el recipiente para calentar con un palito. “No, es un destornillador, era lo que tenía más a mano”, dice, sin ningún dejo de (dis)culpa por la desprolijidad.

Con un poco de envidia, le deseamos buena suerte y decimos hasta luego.

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