Una visita a las plantaciones más grandes del ConoSur

Una visita a las plantaciones más grandes del ConoSur

El mayor productor de marihuana al sur de América es Paraguay. El cultivo se desarrolla como una actividad agrícola más entre todas las demás. Por supuesto que con las consecuencias de ser una actividad reprimida y tolerada (por la corrupción) al mismo tiempo. Participan miles de campesinos y estructuras “empresariales”. El cultivo y, por supuesto, su tráfico, son ilegales. Es un mundo peligroso. Pero el periodista carioca Matías Maxx se metió durante dos semanas en los campamentos de los narcotraficantes brasileros que ordenan la producción.
 
El ciclo del crecimiento y desarrollo de marihuana en Paraguay es maravilloso. Son el principal exportador de cannabis de América del Sur. Pero el secado y su almacenamiento es muy malo.
Paraguay es el país que abastece de cannabis prensado a Brasil, Argentina, Uruguay, Chile y desde hace no tanto a Bolivia. Incluso las policías del mundo han encontrado hachís paraguayo en varias aduanas.
La marihuana paraguaya es un producto de exportación no tradicional para el país sudamericano. Después de la soja y las carnes de calidad que exporta, la marihuana se cuela en los camiones, avionetas, buses y barcos que salen del corazón de América del Sur, abastece una porción nada despreciable de lo que la policía llama microtráfico.

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Campesinos paraguayos secando cannabis al sol.

Es decir, redes en cada ciudad, en cada pueblo que abastecen a los usuarios de este cannabis. Aunque el autocultivo en todo el cono Sur ha crecido mucho, poniendo un freno claro al prensado paraguayo, su distribución sigue como si nada, sobre todo entre aquellos que no les importa lo que fuman o los residentes de las periferias, donde es mucho más fácil obtener cannabis paraguayo.
Las plantaciones extensivas de la marihuana nacieron a finales de los 60 en Paraguay. Hay muchos mitos sobre cómo se iniciaron. Lo cierto es que a partir del año 2000, los campesinos que ocultaban las plantas ante toda mirada empezaron a cultivar con menos reparos, porque el avance del cultivo fue tan grande que terminó cooptando familias campesinas asfixiadas por un modelo económico no solo excluyente, sino absolutamente injusto.
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La marihuana semi estoqueada, semi seca en una tienda improvisada en el medio del bosque.

Los campesinos del cannabis paraguayo son buenos cultivadores. Tienen plantas de todos los tamaños. Hace cinco o seis años comenzaron a plantar variedades, presumiblemente automáticas, que les permiten obtener tres cosechas anuales.
Cuidan mucho el cultivo. Es un trabajo, por lo general familiar, porque la agricultura en Paraguay es una tarea familiar en la que participa todo el núcleo del hogar. Las semillas las consiguen de cada cosecha. Las flores son tamizadas en una zaranda donde, además de obtener las semillas por polinización cruzada durante la floración, obtienen hachís.
La siembra se hace cuando hay luna llena, tras una lluvia. Con un palo se hace un agujerito en la tierra y ahí va a parar la semilla. Cultivan directamente en tierra. Es tal la cantidad de semillas que pueden recolectar que poco importa que una buena parte de ellas no alcance a formarse.
Hay varios tipos de cultivos. Unos más pequeños que suelen estar cerca de las casas campesinas. Otros más grandes que los campesinos hacen en zonas más alejadas de su casa. Y los terceros, los más grandes, son los que hacen directamente los grupos organizados. Narcotraficantes de peso. Sobre todo brasileros, pero también grupos paraguayos que parecen ser el nexo con países como Chile, Uruguay o Argentina. Los brasileros batallaron a puro tiro y asesinato a finales de los 90 con los capos mafiosos de la frontera paraguaya. Y ganaron la batalla. Parece relativamente claro que la mafia paraguaya que alimenta un sistema político corrupto es fuerte, tiene una parte relevante de la producción a sus pies.
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Cuando las plantas están listas para la cosecha, los cannabicultores tiran toda la producción al sol, en nailones negros que las “protegen” de la humedad del piso. Pero como es sabido, el THC y la mayoría de los cannabinoides se degradan con el sol. Este es uno de los asuntos por los que el cannabis paraguayo es suavecito: sus principios activos se los llevó el potente sol rojo paraguayo.
Una vez que las flores quedan secas al sol, un proceso que hacen en un solo día de secado, las flores van a la zaranda donde separan las semillas y ya van sacando el hachís de sus dedos y de la malla de la zaranda.
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Las flores pasan por esta zaranda de mano para recolectar polen y semillas.

Sacados los tallos mayores y algunos de los menores, las flores se trasladan a la prensa. Hay algunas hidráulicas y otras artesanales. Todas aplastan la materia verde para conseguir unos ladrillos de cannabis prensado que se hacen a medida del comprador.
Por ejemplo, si van a viajar en avión, se prensan de una manera distinta que si viajan en un camión de transporte internacional. El quilo de un productor que tiene prensa cuesta de cuatro a seis dólares. Saque cuentas de todo el dinero que queda en corrupción en el medio de aduanas, policías, funcionarios públicos corruptos, empresas de transporte, personas que estoquean y todos los etcéteras.
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Selección de semillas luego de pasar por la zaranda.

Por supuesto que no hay proceso de secado correcto y tampoco de almacenamiento. El cannabis en el mejor de los casos viaja rápido, pero a veces también queda días o meses guardado entre nailones sudando la potente humedad paraguaya.
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Estas son las semillas que se sembrarán en la próxima temporada.

Más allá de la rudimentaria técnica de cultivo, los paraguayos saben plantar. Pero le erran al momento de secar y guardar. Claro que no les importa, su negocio no es la calidad, sino la cantidad. Y de eso saben porque la enormísima mayoría de sus consumidores están en Brasil, un país con poco autocultivo y mucha demanda.
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Estas bolas de hachís salen directamente de las manos de los campesinos. Muchas veces los “patrones” les permiten comercializarlo.

Si los paraguayos manicuraran y secaran mejor podrían ser una potencia internacional del cannabis. Pero las estructuras criminales que sostiene el cultivo nunca lo entenderán y si lo entienden no les importa. Así funciona la prohibición: explotación del campesino, corrupción y un producto final que podría ser mucho mejor.

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