Sonificación de bioseñales: Cuando una planta toca música

Elizabeth Erhardt
18 Mar 2026

La relación entre el ser humano y el reino vegetal está entrando en una nueva dimensión gracias a la tecnología. Lo que antes se percibía como una curiosidad mística, hoy se analiza bajo el prisma de la teoría musical y la bioelectricidad. El estudio científico de Miller y Cox (2024), titulado "Music from Plant Biosignals", explora el fascinante proceso de la sonificación: la conversión de datos biológicos en sonido.


Más allá del mito: La planta como fuente de datos

El estudio de Miller y Cox es tajante: las plantas no componen música en el sentido humano del término. Lo que escuchamos a través de dispositivos como PlantWave o Midi Sprout es la traducción de bioseñales, principalmente fluctuaciones en la resistencia eléctrica y el voltaje de la superficie vegetal.

Estas variaciones son el resultado de procesos fisiológicos internos (como el movimiento de fluidos o cambios en la turgencia celular), pero no poseen una intención melódica. La tecnología actúa como un puente que nos permite percibir mediante el oído procesos biológicos que de otro modo serían invisibles.

 

El proceso de mapeo: El lenguaje del traductor

Uno de los puntos centrales del estudio de 2024 es el mapeo (mapping). Miller y Cox explican que no existe una regla natural que dicte que un determinado voltaje corresponda a una nota específica.

El mapeo es una decisión técnica y creativa del diseñador del software:

  • Los datos biológicos crudos se capturan mediante electrodos.
  • El programador decide qué escala musical utilizar y qué parámetros del sonido (como el timbre o la duración) se verán afectados por las fluctuaciones eléctricas de la planta.
  • Por lo tanto, la música resultante es una colaboración estética: la planta aporta la variabilidad biológica y el humano aporta el marco musical.

 

¿Quién tiene el control?

El estudio plantea un debate profundo sobre la agencia o autoría de la música. Miller y Cox sugieren que la sonificación no es una simple grabación de la planta, sino una interacción.

Al observar cómo cambian los sonidos cuando regamos, tocamos o iluminamos una planta, estamos asistiendo a una respuesta fisiológica real. Sin embargo, el estudio advierte sobre la humanización excesiva: tendemos a interpretar una melodía alegre como una planta feliz, cuando científicamente solo estamos escuchando una traducción programada de un cambio en su conductividad eléctrica.

 

El legado de los "Patterns of Plants"

Miller y Cox rescatan el trabajo de Mamoru Fujieda, quien exploraba los "Patterns of Plants". Fujieda demostró que estas bioseñales no son ruido aleatorio; poseen una estructura rítmica propia que puede ser utilizada para generar música con sentido artístico.

Este enfoque permite a los investigadores (y a los cultivadores) identificar patrones recurrentes que reflejan el estado biológico del organismo. La música se convierte así en un indicador de dinamismo biológico, una forma de sentir el pulso vital de la planta en tiempo real.

 

Una nueva sensibilidad en el cultivo

El estudio de Miller y Cox nos invita a ver la sonificación no como un truco de magia, sino como una herramienta de conexión. Para el cultivador, escuchar las bioseñales de sus plantas es un ejercicio de atención plena que refuerza el vínculo con el cultivo. Aunque la música sea una construcción tecnológica, los datos que la originan son 100% reales y nos ofrecen una ventana única a la vida silenciosa de nuestros jardines.

 

Fuente: Miller, P. V., & Cox, C. (2024). Music from plant biosignals: A conceptual and analytical orientation. Society for Music Theory, 30(1). https://doi.org/10.30535/mto.30.1.6

 

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