Cartografía del cannabis donde nacen El Caribe y Los Andes

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Marihuana colombiana: del mito a la realidad

Los intereses de consumidores y productores condujeron a debates mal enfocados sobre la originalidad de las genéticas colombianas. Por sus cualidades, fueron elevadas al punto más alto de lo deseable. Los supuestos parentales originales de las míticas variedades fueron creados cuando el tráfico vendía cannabis a Estados Unidos. Pero la verdad es que ese movimiento llegó acompañado de muchas equivocaciones conceptuales. El trabajo de estabilización de breeders locales está dando excelentes resultados y permite conocer mucho mejor a las cepas en su ambiente original que es donde mejor se expresan.
Colombia es uno de los países que juega un rol protagónico en la historia del cannabis mundial. No sólo por su trayectoria narcotraficante durante la reconocida bonanza marimbera, por su papel como importante productor y exportador ilegal a Estados Unidos (1960-1985), sino también por sus míticas y afamadas variedades de cannabis.
El mundo cannábico, principalmente periodistas especializados y bancos de germoplasma de talla mundial, se encargaron de posicionar estas variedades como una especie de cannabis originario o nativo. Pues esto permitía incentivar al mundo entero a adquirirlas. A finales de los años 90’ terminaron siendo nombradas como variedades “landrace”. Término que proviene de la porcicultura danesa de finales del siglo XIX. El cruce de cerdos que permitía obtener razas muy adaptadas al medio ambiente y de mejor rendimiento en la producción de cárnicos. Este concepto se hizo popular dentro del lenguaje cannábico, pues aludía a variedades de plantas muy resistentes a condiciones ambientales y geográficas en donde fueron recolectadas. Y además tenían unas cualidades fenotípicas y organolépticas nuevas, coloridas y por ende codiciadas.

¿Panamá Red, Santa Marta Gold o marimba?

No es de extrañar que muchos de los nombres otorgados a estos genotipos lleven palabras en inglés como “Gold”, “Red” o “Bread”. Pues fue la demanda norteamericana de aquella época de bonanza marimbera la que incentivó la migración a estas regiones en busca de las variedades hoy reconocidas como colombianas. Una vez fuera de Colombia esos parentales se hicieron famosos. Al mejor estilo de la leyenda de “El Dorado” constituyeron un tesoro invaluable que debía ser obtenido a toda costa, pues el mercado globalizado lo volvió un factor de competitividad favorable para quien pudiera poseerlas.
De todo este intercambio resulta la generalización apresurada de que las llamadas Panamá Red, Santa Marta Gold o Punto Rojo pudieran ser en realidad la base del árbol genealógico de muchas de las variedades que se conocen hoy en día. Esa supuesta originalidad de una “landrace”, elude un asunto muy importante: la hibridación que las antecede. Esas variedades son producto de un cruzamiento y selección que permitió garantizar la presencia de ciertas características en la información genética de las futuras generaciones a los breeders.
Colombia, como cada país donde el cannabis simplemente creció porque la humanidad lo plantaba, tiene una larga tradición de cultivo de machos y hembras de manera simultánea. Y al hacerse en grandes extensiones de tierra, se produjo un proceso endogámico de reproducción. Es decir, al no tener un control de los parentales que se cruzaban entre sí, más que el de la naturaleza, se desarrollaron nuevas generaciones con características fenotípicas muy similares, como la estructura delgada de la hoja, tallos de gran tamaño, plantas muy resistentes a las condiciones climáticas tropicales, mutaciones y deformidades, así como largos ciclos de vida entre 9 a 12 meses.
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Variedades autóctonas colombianas

El extenso debate sobre las variedades consideradas autóctonas, o naturalizadas por condiciones poblacionales o cuestiones del mercado ilegal, no puede reducirse a una mera ubicación regional como pretende la designación de landrace. Es un forma de decirle, pero no de entender de qué estamos hablando. Pues si se están buscando variedades de flores color violeta, de hoja delgada, tallos alargados y de gran tamaño bien pueden encontrarse en países como México o varias regiones del continente africano. Esto es posible porque el hombre transportó cannabis por el mundo para plantarlo. La característica distintiva del cannabis es su permanente dinamismo, pues sus usos evidencian una larguísima data como también su intercambio entre culturas, lo que dificulta que pueda hablarse de un cannabis nativo colombiano.

Marimba: simbología de este tiempo

Un sinnúmero de expertos en cannabis y asesores técnicos que supuestamente llevaban años cultivando y produciendo la planta aparecieron en Colombia. Sobre todo durante estos últimos tres años desde que se abrió la posibilidad de plantar cannabis con licencia en 2016.
Este proceso solo viene profundizando la desinformación y el afán por obtener dividendos y resultados económicos.
Esto tuvo como resultado un problema de obtención de genéticas ideales para dicho fin a gran escala y para la producción de semillas. Los empresarios llegaron buscando un tesoro perdido (al mejor estilo de las leyendas y películas) entre las variedades de cannabis denominadas nativas de Colombia. Lo que suponía un proceso de estabilización y adaptación que podría garantizar el éxito de las futuras cosechas; pero no fue así.
La simbología que representan esas codiciadas variedades pretenden extender su aura mística a lo largo y ancho del mundo. Pero ni bajo el sol, ni la humedad tropical latinoamericana o africana, sino en cuartos de cultivo con condiciones de humedad y altura controladas. Y estas plantas son del bosque, de allí vienen sus descendientes, buscan este sol, esta humedad.
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La mejora genética local

Algunos breeders de Medellín realizaron un riguroso proceso de selección e hibridación. Entonces fue posible reducir los tiempos de floración, garantizando las características fenotípicas particulares de la región. Los breeders locales se orientaron hacia un nuevo interés que pasó a ser el gusto de los consumidores y de la industria medicinal en general. Así creció el interés por la producción de tricomas y resina.
Mientras los cazadores de la variedad autóctona sólo pudieron obtener semillas de una polinización descontrolada. Y con la idea errónea de la pureza genética o de “variedades originales”, la producción de resina se quedó a un lado por buscar la resistencia a condiciones ambientales y ciertas condiciones morfológicas que ocasionaron que una misma variedad pudiera tener varios nombres en diferentes regiones. Entonces la misma Punto Rojo se conocía en otros lugares como Mango Biche o Limón Verde, sólo por poseer características similares que permiten encasillarlas dentro de las variedades sativas, igualmente cobijadas por el manto falaz de la pureza.
Con el reciente estallido de la industria medicinal la prioridad empezó a ser la cantidad y calidad de los tricomas. Los criadores locales vieron esto y actuaron. A pesar de los mitos y del discurso purista que reprodujo variedades que solo cumplían con ciertas características, los criadores locales realizaron un proceso de fitomejoramiento e hibridación. Y encontraron expresiones particulares de coloŕ, estructura y calidad de las flores que, al ser seleccionadas y reproducidas, disminuyeron la heterocigosis, aumentando la capacidad de predecirlas y permitiendo su conservación para futuras generaciones.
Por eso pueden hallarse variedades con pistilo rosa como la conocida Panamá Red pero con una producción de resina mucho más grande y un tiempo de floración más corto. Sin necesidad de sacar a las plantas de su clima tropical.
Así las cosas, el concepto landrace sólo sirvió para ubicar geográficamente las variedades más psicoactivas y vender semillas que suponían tener sus genes. De esta manera las sacaron de los países tropicales y las comercializan en cualquier lugar del mundo. Popularizaron el mito y provocaron una problemática hibridación que soĺo reproduce procesos de selección equivocados pero vendidos a buen precio. El mercado ilegal ya sabía que lo principal del cannabis, es decir la demanda de sus consumidores, era el efecto de las plantas con buena producción de resina. Provenientes de un cultivar donde los machos sean separados de las hembras. Y así evitar la polinización cruzada para garantizar la calidad de la flor.
El trabajo de mejoramiento genético local, a partir de una selección fenotípica de parentales, rompió con esa visión turística. Una idea que suponía que las variedades iban a desaparecer progresivamente por la hibridación.
El arduo trabajo de conservación de los bancos colombianos de semillas y los programas de mejoramiento e hibridación garantizan fenotipos de alto valor genético. El trabajo de los breeders locales aumenta la diversidad genética del cannabis. La óptima adaptabilidad a las condiciones climáticas particulares conlleva la expresión de diversas características que priman en la flor, por su belleza, poder y resistencia a patologías.
Jhohan Rincón

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