La unión hace la FUERZA

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Son el segundo club que las autoridades uruguayas habilitaron para funcionar. Ya han hecho cuatro cosechas y desde enero reparten 40 gramos de distintas variedades de cogollos a sus socios. Los Tricoma plantan en hidroponía porque aprovechan mejor el espacio y pueden medir a la perfección la comida que le dan al cannabis. Trabajan colaborativamente y hasta programan un hardware libre para controlar el cultivo remotamente.

Son el segundo club que las autoridades uruguayas habilitaron para funcionar. Ya han hecho cuatro cosechas y desde enero reparten 40 gramos de distintas variedades de cogollos a sus socios. Los Tricoma plantan en hidroponía porque aprovechan mejor el espacio y pueden medir a la perfección la comida que le dan al cannabis. Trabajan colaborativamente y hasta programan un hardware libre para controlar el cultivo remotamente.

En Uruguay hay tres clubes de cannabis que cumplieron con cada requisito que el Instituto Nacional de Regulación y Control (IRCCA) pide. El IRCCA autorizó el funcionamiento de otros 20 clubes cuya habilitación final sigue pendiente pero que ya producen sus cogollos.

Uno de los clubes 10 0% habilitados es el Tricoma, funciona en un amplio fondo de un barrio arbolado, el Prado, que es uno de los pulmones de Montevideo.

Federico y Pedro son los jardineros que aportan a esos pulmones una dosis de humo cannábico. Trabajan de domingo a domingo por lo menos cuatro horas por día en el cultivo que abastece a 22 socios. Desde enero hacen una entrega mensual de 40 gramos de cogollos a los miembros del club que pagan una cuota mensual de 90 dólares. Ya hicieron tres ciclos completos de cultivo. Dos desde la pared en hidroponía y otro en macetas de tierra.

En junio de 2015 el club firmó su acta fundacional, se constituyeron como asociación civil sin fines de lucro. Una exigencia de la ley de control del mercado de marihuana aprobada en 2014. En agosto presentaron el plan de producción al IRCCA y un mes después la autoridad cannábica uruguaya les dio el okey para empezar. Entonces comenzó la aventura, el primer ingreso de 95 plantas al cuarto de floración. Hicieron el jardín interior con los materiales que tenían a mano. Los socios y ellos mismos aportaron los implementos de cultivo necesarios que ya tenían y usaron una estrategia clave para conseguir lo que faltaba, armaron lo que no se podían dar el lujo de comprar.

El cuarto de cultivo es verdaderamente pequeño. Se distribuye en dos cámaras, una de floración y otra de vegetación. Hace poco compraron un armario para hacer el secado de las variedades que distribuyen entre sus socios. Las primeras que esquejaron, vegetaron, floraron y distribuyeron son las que habían criado como autocultivadores. Cuando fue el momento de esquejar, media decena de cepas de cannabis — LSD, Afghan Kush, Aurora Índica, White Thailand, Blue Rhino y Northern Light— se dieron la mano para ir directo al cuarto de floración. Desde entonces han hecho cinco cosechas.

Cambiando el setting

Un club de cannabis en Uruguay significa una serie de problemas para sortear. Sobre todo en los clubes que son más de barrio, porque hay otros que parecen extirpados de Estados Unidos. El primer gran obstáculo que tenían era un lugar demasiado pequeño para las macetas, un galpón.

“Tuvimos que cambiar la cabeza y buscarle la vuelta. Teníamos que hacer que las paredes fueran nuestro piso. En las paredes podíamos tener más metros cuadrados para producir. Si llenáramos las paredes podríamos plantar 600 plantas. Pero la ley limita hasta 99 plantas con sus sumidades floridas y nos tuvimos que limitar a las normativas”, dice Pedro Bianchi psicólogo social casi recibido.

La opción escogida para enfrentar el problema insalvable era un cultivo DWC (Deep Water Culture —sistema de agua profunda—) colgando de estantes en las paredes del galpón que alguna vez se usó para guardar herramientas y ahora está repleto de tuberías que recorren con su borboteo incesante las paredes del cuarto de floración.

Federico ya venía trabajando en hidroponía y ayudó a unos cuantos cultivadores montevideanos con este método de cultivo. Además de ocupar menos espacio, la hidroponía es muy barata. Pensaron en probar también con el NFT (Nutrient Film Techique —técnica de película nutriente—). Ahora en el club Tricoma los dos sistemas conviven.

No todos los socios quieren su cultivo de hidroponía, así que los jardineros preparan un sustrato orgánico para ellos y los dos cultivos viven en armonía. Pero los jardineros están parados en sus sales nutrientes. El cultivo hidropónico “confirmó nuestra sospecha: nos permite un ciclo estable y eficiente. Los tiempos se reducen un 80% en la floración comparado con el otro cultivo, sobre todo en el crecimiento porque la floración está marcada por la cepa. El tiempo de crecimiento se reduce a poco más de la mitad que si usáramos el sustrato orgánico. Esa ventaja para nosotros es fundamental. Además, a la hora de cosechar notamos la diferencia. (…) En hidroponía podés trazar un perfil de nutrición matemáticamente exacto, sabés lo que consume la planta y lo podés corregir muy fácil. El conocimiento que generás para un sistema es fácilmente replicable en otro entorno porque el hábitat de la planta está muy controlado y es más fácil generar un modelo”, apunta Federico, estudiante avanzado de sociología.

Las mezclas de nutrientes minerales, su comida, las sales que echan al sistema de circulación de agua las hacen ellos. Entre el mix de macro y micronutrientes usan 0,2 gramos de sulfato de cobre con el que consiguen 10 mil litros de solución para el riego. El quilo de sulfato de cobre sale dos dólares. “El trabajo es usar bien la balanza de precisión”, dice Federico, as de la balanza y del pragmatismo cannábico. “Algún nutriente avanzado tenés que usar para corregir deficiencias. (…) En la primer cosecha las plantas fueron más flaquitas, en las otras dos corregimos y nos quedó bastante bien”.

En el cuarto de floración unas LSD y Blue Rhino lucen las hojas más verdes que jamás haya visto. Las plantas necesitan mucho más nitrógeno en el crecimiento que en la floración. En el camino a la maduración los jardineros la alimentaron con más fósforo y potasio. El nitrógeno fortalece las hojas y por ende su color y espesor.

“Están muy verdes, demasiado nitrógeno…”, advierte Federico a Pedro. “Ahora les eché agua, nada más”, cuenta Pedro lo que hizo de mañana. “Yo le apagué la máquina”, se adelanta Federico. “Queríamos darles un power. La otra vez quedamos un poco por debajo, ya está en la mitad de la floración, pero habría que privarlo de nitrógeno. Sino queda muy vegetal, muy llena de hojas. La idea es que al final se caigan todas las hojas y el cogollo quede más puro”, dijo Federico.

Cada variedad requiere un plan nutricional especial. Por eso hicieron un sistema de seis módulos, las plantas van pasando de módulo como se pasa de pantalla en los video juegos.

Del agua al secadero

El ciclo se completa en unos tres meses, más secado y curado. Desde el corte del esqueje al acopio, las plantas están más o menos en la sala de floración, dependiendo de la variedad.

El NFT montado exige que el tamaño de las plantas sea similar, por el espacio que ocupa en el módulo, son plantas que no sobrepasan los 30 centímetros.

Ajustando relojes

En el módulo del vegetativo superior —hay otro inferior—, el de las madres, hay una decena de plantas bien ramificadas, ideales para esquejar, dan ganas de cortarlas. Las hay de todas las edades, algunas son originales, están viejitas pero vienen sobreviviendo al descarte, esquejado tras esquejado. Otras están a punto de salir al cuarto de floración. Para llenar el módulo de esquejes necesitan 24 esquejes iguales de la misma madre.

Cada madre, planta en vegetativo, floración o esqueje tiene su etiqueta, un número que los diferencia de los otros especímenes. Pedro advierte, “con eso apuntamos también la trazabilidad de la planta”, una de las exigencias de la estricta ley de regulación del cannabis en Uruguay. “La cortamos y la ingresamos a un sistema que tenemos que por ahora es medio rústico, pero va tomando forma en el camino, en la práctica. Ingresamos la planta al sistema informático el mismo día que nació y le vamos ingresando los datos sobre los procesos nutricionales para tener el recorrido de todo lo que hicimos con ella. También para saber qué le dimos y la cantidad de nutrientes disueltos en agua. En tierra nunca sabes qué tiene el sustrato, no sabes ni qué, ni cuánto libera el sustrato”, remata.

El sistema de aguas profundas (DWC), se compone de las vasijas plásticas con las aberturas necesarias para que la planta desarrolle sus raíces, están llenas de arcilla expandida. Las raíces tienen buena salud, cuelgan en sus canastos, y se alimentan de las sales diluidas que una bomba de aire con una piedra difusora que oxigena el agua hace circular. En otro módulo, un clonador aeropónico usa algunas hormonas de enraizamiento, los esquejes demoran unos 10 días en enraizar y después pasan al módulo de vegetativo.

Conocimiento en común

Desde hace dos meses que funciona y testean a un Arduino, un micro procesador de datos, un hardware de código abierto que mide la humedad, avisa de alguna luz prendida cuando no la tiene que haber, la temperatura del cuarto o si está faltando agua en algún módulo. Esos datos van a una computadora. Algunos de los socios son ingenieros de sistema y aportan a la automatización del cultivo. Es una automatización que no es sinónimo de robotización ni deshumanización, sino todo lo contrario.

“La idea es un modelo de club donde todo sea comunicable y replicable. Ese desarrollo estimula, podés aplicarlo a otro lugar y compartir la información”, dice Federico.

“Todo lo que hicimos lo hemos hecho con conocimiento que otros han compartido. Nunca pagamos un curso de nada, somos de la era de internet y de aprender solos. Incluso hay mucho conocimiento que es accesible. La información también es muy difícil de privatizar, hasta la información de las empresas off shore se conoce”, bromea el jardinero acuático-informático.

“No hay una forma válida”, dice Federico. Ellos están buscando la suya, las suyas, desde una perspectiva colaborativa. En las asambleas de socios se muestra todo lo que se hace, se comparten los números, los problemas en el cultivo, todo se habla.

En el verano la temperatura del cuarto subió muchísimo, eran las lámparas. Así que tuvieron que hacer dos tubos verticales de lámparas de sodio que cuelgan del techo con su propio sistema de refrigeración para el cultivo en vertical. Un tubo contiene los focos colgantes necesarios para iluminar parejo las estanterías. Un caño flexible con un sistema de extracción e intracción de aire, que en las puntas tiene filtros de carbono para delimitar los olores, se lleva al aire caliente e inyecta aire frío. El sistema salió un dinero que no estaba previsto, las donaciones de los socios permitieron no aumentar la cuota mensual, bajar la temperatura del cuarto de floración y corregir todo a tiempo.

Defender críticamente

A los jardineros montevideanos se les va la vida en que este sistema funcione bien porque es un reflejo de cómo funciona la legalización en Uruguay. “La marihuana está en el tapete. Está bueno defenderla. Elegimos participar de este sistema y tenemos que defenderlo. Eso implica hacerlo funcionar bien. Lo que no es dejar de criticar ni tomarlo ciegamente. Sino defenderlo como forma de resolver un problema, por lo menos ahora. Esta normativa debe ir a mejores lugares, como solucionar problemas que obviamente tiene. La alternativa no es tensionarla porque hay que defenderla. Puede venir en cualquier momento una contra, una fuerza política que pretenda dar una marcha atrás o limitarlo. Hay mucha presión internacional. Hay responsabilidad y eso es hacer política”, resopla Federico.

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