Apuntes de las aspersiones químicas en Colombia

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cultivos amenazados

Mientras el gobierno colombiano ordenó el fin de las aspersiones “fitosanitarias” a los cultivos de cannabis, coca y amapola vale la pena repasar los impactos de la fumigación en el ambiente y en la población. Quienes pedimos por cannabis legal —y vemos que las cosas están cambiando— capaz que podemos empezar a pensar en una relación más justa con los cultivadores de coca y más sana para nosotros que la usamos.

La aspersión aérea de químicos contra los cultivos declarados ilícitos en Colombia se remonta a los años setenta, tras la fuerte intervención de EEUU principal exportador del cannabis colombiano que competía con el mexicano, sobre todo en el sur y entre las universidades gringas.

Tras más de 35 años de aspersiones en vastísimas zonas colombianas el gobierno de Juan Manuel Santos decretó que las aspersiones cesaran desde el primero de octubre de este 2015. La erradicación, según la ordenanza presidencial deberá ser por otros métodos, privilegiando la destrucción de los cultivos de forma manual.

La guerra de la fumigación

En 1978 hubo una polémica semi pública en Colombia sobre el inicio de las aspersiones químicas contra los cultivos de coca, cannabis y amapola. El ministerio de Justicia quería fumigar a mansalva con defoliantes y el Institutito de Recursos Naturales pedía tomar todas las precauciones necesarias para que no hubiera deterioros ambientales. Por entonces, se fumigaron 19.000 hectáreas en la Sierra Nevada de Santa Marta y la Sierra de Perijá.

Desde entonces las fumigaciones crecieron exponencialmente en varios lugares del país que tuvo la mala suerte de ser el principal proveedor de cocaína de EEUU desde los años 80.

En 1984 las fumigaciones con glifosato se iniciaron masivamente, el químico que la Organización Mundial de la Salud calificó en mayo pasado como probablemente cancerígeno. Aquel año se erradicaron 3.400 hectáreas en la Sierra de Santa Marta, un bello lugar de geografía privilegiada: si miras al mar ves El Caribe, si miras al Sur ves la montaña nevada. En 1985, se fumigaron 6.000 hectáreas más según reportes oficiales. Un años después 6200 hectáreas según las autoridades colombianas y 9.700 según los estadounidenses. Por entonces, el gobierno colombiano calculaba que para erradicar 5.546 hectáreas se habían utilizado 11.418 galones de glifosato.

De más está decir que las fumigaciones siguieron sin demasiado contralor y que sus efectos nocivos se multiplicaron entre las poblaciones campesinas. Sobre esos efectos hay poca literatura científica, pero innumerables testimonios.

La devastación fue y sigue siendo —mientras lees este texto— de proporciones importantes y no siempre conocidas. La Sierra Nevada de Santa Marta es una reserva de la biósfera mundial, además fue declarada patrimonio de la humanidad por la UNESCO en 1979. Sin embargo, hasta 2006 fue fumigada muy fuertemente. A pesar de ser un parque nacional, de albergar ruinas tayronas —la tribu que habitaba este plácido hueco de la costa caribeña—. Primero fueron por los cultivos de cannabis, luego por los de coca y por último ni siquiera la amapola se salvó. Los “fitosanitarios” que se esparcieron en toda la selva continuaron devastando la biodiversidad. Esto incluso a pesar que muchas veces los fabricantes estadounidenses de los productos químicos desistían de introducirlos en territorio colombiano por los eventuales daños ambientales y por temer una demanda contra las empresas. Pero la presión de la DEA y del gobierno de Estados Unidos, además de los intereses locales, pudieron más.

El gobierno colombiano y las agencias estadounidenses de seguridad propiciaron la investigación científica para saber cuál era el mejor producto que destruiría los llamados cultivos ilícitos y minimizaría el riesgo ambiental. Por supuesto que tal quimera nunca llegó a puerto alguno.

“Los procesadores de cocaína y heroína vierten millones de toneladas de sustancias tóxicas en suelos y fuentes de agua”

La justicia colombiana en ese período recibió varias denuncias y petitorios para frenar las fumigaciones. También los teóricos esbozaron algunas hipótesis de un fenómeno que dieron en llamar “ecocidio”. Las fumigaciones y los posteriores desplazamientos de comunidades enteras generó desarraigo de la tierra y la urbanización de una creciente porción de la ciudadanía. Los primeros desplazados en Colombia son de mediados de la década del cuarenta, los éxodos estuvieron motivados en el terror político. Hoy el asunto es parecido pero distinto, el narcotráfico y el control de algunas zonas por partes de guerrillas hacen imposible la vida para muchos en esas zonas. Desde los años cuarenta hasta hoy se estiman en algo más de cinco millones los desplazados.

“El ecocidio, la destrucción de cultivos, la urbanización y el desplazamiento forzado son consistentes con este modus operandi contrainsurgente de los EE.UU. para facilitar así su proceso de desarrollo capitalista.” Son “viejas batallas con nuevas armas”, señala el investigador Jim Galssman.

Narco contra el ambiente

El problema de la contaminación ambiental no es solamente atribuible a las políticas de lucha contra las drogas. Los productores de drogas de tráfico ilícito también hacen un importante daño al entorno. En 1992 la Oficina de Naciones Unidas contra el Crimen y el Delito señalaba que la contaminación en las nacientes de los ríos amazónicos también era devastadora.

Probablemente lo hicieron más para asustar que para cuidar el ambiente, pero sus conclusiones no dejan de ser reveladoras. “Los métodos utilizados para limpiar el terreno para cultivar son más devastadores que lo utilizados para labores agrícolas. (…) Los químicos utilizados por muchos cultivadores en las varias etapas tienen un impacto negativo considerable en los ecosistemas tropicales y la población humana. Para limpiar y mantener sus campos, utilizan con frecuencia altos niveles de fertilizantes, herbicidas y pesticidas. Los procesadores de cocaína y heroína cada año vierten indiscriminadamente millones de toneladas de sustancias químicas tóxicas y desechos del proceso de extracción en los suelos e innumerables quebradas, ríos y fuentes de agua. (…) Las aguas contaminadas, que se usan para irrigar los cultivos de pan coger, no sólo agudizan el daño ambiental sino que constituyen un riesgo de salud pública considerable. (…)

Los campesinos se constituyen

El primer fin de semana de julio más de 700 delegados de 17 departamentos en Colombia se juntaron para hacer la primer Asamblea Constituyente de la coca, la amapola y el cannabis. Trabajaron en cuatro ejes. La sustitución de los cultivos y la legalización de los cultivos para usos tradicionales y alternativos. La normalización y regulación del consumo de las plantas y drogas declaradas ilícitas, también medidas para superar al narcotráfico y reparación a las víctimas de la guerra contra las drogas. La Constituyente propuso reconocer los cultivos de coca, marihuana y amapola “como parte de las culturas campesinas, étnicas y populares”. Esas comunidades “crearán una organización nacional de productores que será responsable de hacer seguimiento a la interlocución, veeduría y acuerdos con el gobierno. Así mismo impedirá la monopolización de los productos y sus usos, garantizando que no sean controlados por multinacionales y promoviendo el desarrollo de la industria nacional”. Los constituyentes proponen cultivos de estas plantas en ambientes ecológicos, sostenibles y amigables con el medio ambiente. También propusieron crear canales legales de producción, distribución y consumo, controlados por las comunidades, que “deberán formarse y organizarse en asociaciones, con el fin de acabar con el monopolio de la distribución de drogas psicoactivas por parte de las organizaciones criminales”. Ojalá este diálogo siga creciendo. Ojalá que funcione.

Los expertos estiman que cientos de miles de toneladas de químicos son utilizados anualmente en la producción de cocaína en la Región Andina, lo que representa la generación de unas dos toneladas de desechos por hectárea de coca. En el proceso de maceración y lavado de la hoja de coca para hacer pasta de coca, los procesadores desechan indiscriminadamente enormes cantidades de gasolina, kerosene, ácido sulfúrico, amoniaco, carbonato de sodio, carbonato de potasio y cal en los suelos y aguas”, advertía Naciones Unidas. Las estimaciones suponen que hay unas 90 mil hectáreas plantadas con arbustos de coca en toda Colombia. Estaría bueno que la próxima vez que pasemos el polvillo por nuestras narices pensemos un segundo en algo de esto y en cómo estamos ayudando a que esta situación cambie. Porque aunque el gobierno decretó la finalización de las aspersiones los campesinos, que pagan siempre los platos rotos, están sometidos a un tipo de trabajo muy similar a la esclavitud, donde se juegan la libertad todo el tiempo. Ya que pedimos por el cannabis, podría ser momento de poder consumir una coca de calidad que reduzca los daños por ser una sustancia de pureza controlada, a diferencia de la costumbre de los usuarios de países no productores en América Latina.

Este artículo fue posible gracias a la recopilación elaborada por Mama Coca disponible en www.mamacoca.org

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