SECANDO FLORES LEGALES

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Hubo un tiempo gris oscuro en Montevideo. Eran los años de plomo contra los usuarios de drogas. Como la marihuana era y sigue siendo la droga más utilizada –después del alcohol, el tabaco y los psicofármacos, en ese orden– la policía se la agarraba con los usuarios de cannabis jóvenes.

Hubo un tiempo gris oscuro en Montevideo. Eran los años de plomo contra los usuarios de drogas. Como la marihuana era y sigue siendo la droga más utilizada –después del alcohol, el tabaco y los psicofármacos, en ese orden– la policía se la agarraba con los usuarios de cannabis jóvenes.

Ya en los años ochenta Juan Vaz, activista y criador uruguayo, conoció los calabozos de la tenebrosa Dirección Nacional de Información e Inteligencia de Uruguay. El tiempo pasó y Juan cada vez aprendió más y más. En mayo de 2005, y con la excusa de la Marcha Mundial de la Marihuana, Juan se presentó a una manifestación convocada por mail. Era en el malecón, la rambla montevideana. Había poca gente, algunos estaban encapuchados como si fueran zapatistas, todos se cuidaban de la policía. Unos por acá y otros por allá fumaban paraguayo, todos estaban separados. Nadie se hizo cargo de aquella convocatoria a manifestarse para legalizar el porro, hasta hoy sigue el misterio.

Aquel puñado de gente se reunió a fumar en las canteras del Parque Rodó montevideano, mirando el atardecer otoñal. Cuando llegaron las cámaras de televisión, unos cuantos apagaron sus porros, otros se apartaron. Y los menos dieron la cara.
Juan estaba con su hija pequeña en un brazo. Con el otro sostenía un cartel que decía: “Bastalapasta, Plantatuplanta”, lo había pintado para la ocasión. La leyenda se paraba en la vereda de enfrente al uso de las cocaínas fumables que visten de tragedia las periferias de las ciudades latinoamericanas. La pasta base (o paco) por entonces era el mismísimo demonio para los acartonados y provincianos medios de comunicación uruguayos.
Además, con el tiempo, Plantatuplanta se convirtió en un foro de cultivadores. Fue el primer aglutinador de cultivadores hogareños en Uruguay y el germen de lo que hoy, es la Asociación de Estudios del Cannabis del Uruguay (AECU).
Actualmente la situación en Uruguay es muy otra. AECU ya mandó al secadero la mayor parte de esta cosecha para que sus 45 socios se deleiten. En diciembre ya habían entregado las primeras variedades a sus socios. Para esta cosecha tienen previsto sacar un total de ocho kilos para los 45 socios, que ya están fumando parte del fruto de ese trabajo.

El primer curado legal

Ahora AECU tiene una sede impresionante. Una casona de cuando la burguesía montevideana tenía aspiraciones aristocráticas. Enclavada en el mismo barrio donde hace 10 años se pedía tímidamente la legalización. Hoy con el mercado regulado, el club de cannabis de la asociación provee de marihuana a sus miembros.Llegué para el momento de la manicura, había unas cuantas flores en el secadero, plantas prontas para el lavado de raíces, otras vegetando en interior, y las más altas y espigadas afuera, protegidas por el invernadero o tomando el sol afuera. Solo entran al invernadero cuando llueve.

Juan es uno de los pocos criadores de Uruguay. Está trabajando en la creación de algunas variedades con importantes bancos de semillas de Europa. Dice que hay “cosas” que no me puede decir qué son, que el club de cannabis también es un banco de testeo de sus alquimias cannábicas.
Las plantas de AECU se ven espléndidas. Sembraron cientos de plantas, se quedaron con las 99 que autoriza la ley que reguló el cannabis en Uruguay. Juan es el que está todo el día encima de cada una de las macetas que se extienden en la terraza que el club dispone.
El régimen nutricional de las niñas es estricto. “Es todo orgánico, no hay ningún producto químico. Hacemos prevención todo el tiempo, algunas tienen marquitas en las hojas porque tienen trips”, se lamenta Juan. Hombre de acción más que de lamentos, cura a ñlas niñas de las plagas con aceites de neem y citronela. “Le pongo un toque al aceite de neem, 4 a 5 gotas en 30 cm3. En realidad siempre uso piretro (extracto de crisantemo), pero esta temporada me mandé una cagada y se me murieron todos los crisantemos. Para que el piretro sea natural planto los crisantemos en mi casa”.
En el verano Vaz se fue a la playa y olvidó regar sus proveedores naturales de piretro. Le pidió a un colega que los plantara de vuelta, pero se confundió y plantó ipomeas. Así y todo las plantas lucen magníficas y los cogollos espectaculares.

Juan es un sibarita. Pero además un chef cannábico. Sabe como nadie cuándo sacar a la planta y empezar el proceso que la llevará al fuego. Me muestra una Amnesia preciosa, un cogollo central impresionante, ramas laterales cargadísimas, cálices hinchados y resina nevando todo a su alrededor.
“Lo que busco para el punto de corte es que la planta se coma los estigmas que salen blancos tratando de captar polen, ahora están oxidados y metidos para adentro. Lo hace así porque no va a sacar más cálices, la flor es una superposición de cálices. Los cálices hacen como un embarazo ectópico y se hinchan. Hay que dejar que todos estos cálices verdes maduren. Entonces van a tener más superficie para que tengan tricomas”, enfatizó.
Cuando las plantas están prontas las deja cerca de la puerta que separa la terraza exterior de los cuartos de secado y manicurado. Para el jardinero “es fundamental que la planta se procese en el momento. La firmeza de las hojas te va dando el timming para el corte exacto. Si tienen dos días de cortado es imposible manicurar. Entonces, le cortamos las hojas grandes. Además, las hojas le dan un gusto amargo y si las sacás secan y curan con otro gusto”, aconseja.
La sala de manicurado, donde tres socios le dan vueltas y vueltas a los cogollos tijera en mano está llena de cajas de cartón con los restos de la poda. “Guardamos los restos para el Instituto de Regulación y Control del Cannabis (IRCCA). No sabemos para qué, porque es un juntadero de mugre horrible. Supongo que pretenden que no lo tiremos a la basura. Si no las tuviera que guardar las tiraba al compost”, se lamenta.

Secando y curando

El principal responsable del cultivo de AECU explicó que muchas veces los cultivadores hogareños aplican una lógica errada para el curado, el secado y otros procesos. Muchas veces no se toma en cuenta el lugar geográfico del cultivo ni las condiciones climáticas particulares de cada lugar. “Secar toda la planta llena de hojas es genial en Colorado, en el desierto de Sonora, pero acá, con la humedad alta que hay en Uruguay, es una invitación a que se llene el placard de moho”, advierte el jardinero.
“Lo que hacemos ahora es secar lo más rápido posible sin fijar la clorofila, porque en el curado trataremos de descomponer la clorofila que nos va a picar en la garganta. No queremos fijar la clorofila en el secado, entonces no hacemos un secado súper impactante”, explicó el también activista.
“Soy parte de un club de cannabis y aunque la palabra suene fea soy empleado de un club y para mi este es un cultivo comercial. No porque haga comercio con él sino porque tengo que sacarle rendimiento en un tiempo determinado. En mi casa me tomo más tiempo. Aquí en el club siempre le damos 25 días entre curado y secado. Esta tanda estará secándose entre 11 y 15 días, dependiendo. Quedan como que parecen curados y todo. Es un producto que se puede fumar y nos evitamos tener que estoquearlo. Al principio pensamos en curarlo 25 días, pero después vimos la dificultad de los tiempos y de que si los guardo esos días los socios me morderán los tobillos”, ironizó.

Al secadero

El primer paso de este proceso rápido de secado empieza en un cuarto pequeño de dos por dos metros, sin otra luz que la de los paneles de una estufa a gas que le da una temperatura de 34 grados. La humedad está controlada por un deshumificador al 63%. Cuelgan seis mallas de secado del techo, en cada una hay unos 300 gramos. Allí “deshidrato lo más que puedo, acelerando el proceso de secado”, apuntó Vaz. En esta pieza el jardinero busca eliminar el exceso de agua sin que se resequen las flores. También que desaparezca la consistencia fofa y el pegote del cogollo recién cosechado. “Si lo secara con calor le fijaría la clorofila”, advierte. Además se podría desencadenar el proceso de descarboxilación que lleva sus días para que sea óptimo.

Pasamos a la segunda cámara de secado compartida con un Homebox de plantas que están en vegetativo, esperando ver la luz solar. Pero la gran cosecha y la inexperiencia de la primera vez hacen que haya un pequeño retraso en que las chicas salgan a la terraza. Así que allí conviven con aquellas flores que se están secando.
En las mallas de secado de este cuarto hay Sour Power, Amensia, Lavender y Freddy’s Best de Dutch Passion, verdes y todavía húmedas. En esta segunda cámara los cogollos están tres o cuatro días. Luego pasan a una caja de cartón, después a un armario y un Tupper para llegar a la bolsita ziplock que los socios degustarán con sus amigos. El cuarto mantiene una temperatura estable de 24 grados y una humedad entre 50o y 55o C

Juan es también el responsable de pesar la cosecha en esta fase, después del secado, como es sabido el cogollo pierde mucho peso.  Luego una comisión –en Uruguay se arman comisiones de trabajo para todo– se reúne para pesar y armar los paquetes. Según lo que haya los socios tendrán para elegir. A finales de abril los 45 integrantes del club de cannabis se llevaban un paquete grande de Sour Power y unos 10 gramos de las otras variedades entre las que se incluyen: además de las ya mencionadas SAD, Critical, Tangie, SAGE, Ultra Sour y Black Jack.
Como los socios del club pedían sativas, tales variedades se plantaron por sobre las índicas. Por eso se también cultivaron las que son predominantemente índicas: Amnesia, Ultra Sour y Sour Power. Pero tuvieron que esperar unos días más para fumarlas.

En el Homebox de 1,20 x 2,4 x 2 metros de alto está atestado de plantines iluminados por dos lámparas de sodio (300w cada una). La caja de cultivo protege al cultivo de interior del secado. La temperatura y la humedad se controlan para que estas dos fases del cultivo puedan convivir. Intractor, extractor, ventiladores, aire acondicionados y otros artefactos consiguen controlar todos los aspectos del cultivo y del secado.
El Homebox y el secado tuvieron que convivir porque, aunque la casa es grande, por aquellos días tuvieron que manicurar en uno de los cuartos para hacerlo cómodo. Así que el cuarto destinado al vegetativo y al cultivo interior lo tuvieron que volver a armar en la cámara de secado por unos días.
Todo está allí para sus socios que no se cansan de manicurar para saborear sus flores. Son las flores de la lucha por una legalización que aunque no es perfecta –qué lo es– ya los provee de cannabis, sin otros problemas que los de la naturaleza del cannabis. 

La chacrera del chacrero

Chacrero es el apodo que Juan ha utilizado en los foros de cannabis desde que empezó a cargar material y hacer funcionar plantatuplanta.net.
Su nickname se debe a una variedad que crió y todavía cría y ya tiene 17 años con él. La chacrera original luce unos pelos rojos. Es una sativa tropical.
Tiene probablemente su origen en las tierras templadas del Brasil. A finales de los ochenta todavía llegaban por allí, e incluso a Montevideo, los “camarones”, nombre con el que se conocían las flores prendidas a ramitas del cannabis. Lo plantaban los brasileros sobre la línea del Ecuador y se desparramaba hasta Uruguay, hasta que los narcos brasileros –probablemente asediados económicamente por la policía brasilera– se instalaron en Paraguay, en la frontera con Brasil. Juan fumaba los camarones, pero el prensado paraguayo empezó a invadirlo todo y desde entonces lo detesta. Por eso viajó hasta el nordeste de Brasil y también por Mato Grosso do Sul. Quería conseguir las variedades que le habían mencionado, la Manga Rosa, la Cabeça de Preto y otras. Y algo, que no sabe bien qué era, se llevó para Uruguay.

La chacrera sufre con el clima uruguayo, húmedo, bastante más frío que en el trópico, con grandes variaciones de temperatura y humedad en el mismo día, además de un foto período bien distinto, por no mencionar las épocas de lluvia tan disímiles entre el Ecuador y el Río de la Plata.

Por eso Juan la fue laburando, hasta adaptarla. Hoy es una hermosa sativa grandota que en tanque de 100 litros supera con creces los dos metros y tiene una producción media de un kilo.
Con el trabajo y la selección de especímenes, la planta “se fue acostumbrando”. El cultivador abrió dos fenotipos “porque me quedé con una madre de puntas rojas. Hice una cruza de la rama de una madre con un macho que había sacado unos racimos re gordos. Al otro año seguía teniendo el clon de pelos rojos, sembré y me salieron dos con pelos rojos como la madre y otras parecidas al padre. Me gustaron y también las cloné”, se relame. Juan ha estabilizado esa planta trabajando el mismo genotipo. Con ese trabajo de selección logró aumentar tales o cuales rasgos deseados y cuando no lo consiguió buscó con otros parentales.

Blancaflor, cultivador de Buenos Aires se llevó un clon que cruzó en 2007 con un macho Kali Mist que “todo lo que toca lo hace oro”. Y lo volvió a hacer.

En la terraza de AECU “tengo tres chacreras y clones de las tres. También hago semillas de ellas y también conservo las tres originales. Para saber si están bien tirás las semillas contra clones de la misma madre. La semilla debe comportarse igual que el clon”, certificó Vaz.

Trabajando en genética

Tamaños cogollos no pasarían desapercibidos por nadie. La pregunta la haría cualquiera. ¿Qué régimen nutricional tienen tus nenas Juan? ¿Cómo es el proceso de selección para llegar al cogollo que querés sacar años después?

La clave “es trabajarla. Tenés una variedad X, tenés otra Y. De una bolsa de X, te salió uno alto, gordo, inteligente, socialista, otro reaccionario, es como una familia, todos los especímenes tienen un rasgo particular. Todas tienen su rasgo. Yo tomo al Schwarzenegger y lo cruzo consigo mismo o lo clono.

Juan me muestra a una Amnesia que le falta la punta porque la botritis se le instaló cuando comenzaron los cambios de temperatura marcados entre día y noche. La planta es hermosa, cálices cargados, vigorosa, parece que hablara. La quiero en mi jardín aunque no tenga ápice. Para preservarla de los hongos Juan se enguantó la mano con una bolsa plástica y cortó el ápice enmohecido, después de chequear que no hubiera otras zonas contaminadas.

“Para llegar a que sea así de bella tiramos 100 semillas, sacamos 60 plantas y entre ellas escogimos solo dos individuos por sanidad. Esos especímenes los cruzamos por sí mismos y nos dieron estas semillas”, dijo Vaz.

Hay decenas de clones bien formados todos florecidos en la terraza de AECU. Algunos más gordos que otros. “Esta tiene siete años conmigo es una Critical+, antes era la más gorda del plantel y ahora hay cosas que la superan”, explicó. La diferencia se nota entre las generaciones de esquejes, unas cargan más que otras, por ejemplo.

“En otro lugar tengo seis genéticas desde las que voy a sacar algo bueno, uso los clubes como banco de prueba. Probablemente alguna de las genéticas que ves acá las veas en las copas. Acá hay cosas que no te puedo decir qué son. Las usé de base para crear cosas mías”, se enorgullece.

 

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