Apuntes sobre cómo nacieron los clubes de cannabis en España

Juicio a Pannagh, Martín Barriuso. Foto: CatFac
Todos quieren fumar marihuana, pero nadie quiere comprarla en el mercado negro. Todos
quieren cultivarla, pero nadie tiene espacio. Todos tienen ganas, pero nadie sabe qué
hacer. Entonces esos "todos" se reúnen, conversan el tema, y deciden actuar en
conjunto. Partió como una respuesta común para acceder a marihuana casera sin fines
de lucro y sin la mediación del comercio ilegal. Uno para todos y todos para uno, los
clubes sociales de cannabis, sustentados en prácticas de cooperativismo,
autosuficiencia regulada, transparencia y fiscalización pública ya son una institución en varias provincias de España.

En una primera etapa fue alguien del grupo quien se hizo cargo de la producción. Se puso una cuota y se compraron los insumos: tierra, macetas, semillas, fertilizantes y luces, si era el caso. Como quien hace un asado. Se siguió el proceso con cuidado y cuando llegó el día de la cosecha, el fruto del esfuerzo común fue repartido en partes iguales entre los “accionistas”. Un éxito. Tanto que al año siguiente la voz se corrió y algunos de los miembros llegaron con amigos. No hubo problema, la historia se repitió tranquilamente. Pero al año subsiguiente volvió a pasar lo mismo y de pronto el amable cultivador ya no tuvo más espacio. Claro, ya eran cien personas.
Estamos en la alegre Barcelona de mediados de los 90 y esta es la génesis de los clubes sociales de cannabis.
Por las dudas, el grupete preguntó en la fiscalía si el autocultivo colectivo era delito. “No hay problema”, dijeron, por mucho que después se ordenaron redadas e incautaciones a los preciados cogollos. Pero para los españoles el precedente ya estaba y las asociaciones de cultivadores comenzaron a reproducirse por el país. La dinámica se repetía con regulares escaramuzas por parte de la Justicia. Los tribunales avanzaban, incautaban y sentenciaban. Los clubes apelaban y las sentencias eran generalmente dejadas sin efecto. Las fiscalías volvían a apelar y así. Pero lo cierto es que los clubes de cultivo, en los hechos, operaban con normalidad.
Incluso hubo casos, como la detención de Martín Barriuso del club vasco Pannagah a principios de la década, que llegaron hasta la Comisión Europea, el órgano Ejecutivo de la UE. Los imputados fueron desprocesados y el Estado español devolvió los diecisiete kilos de marihuana incautada a los atrevidos cultivadores.
En definitiva, la cosa va y viene y todo este proceso ha derivado en que la Federación de Asociaciones Cannábicas (FAC) de España haya elaborado un modelo legal y de gestión para dar un marco regulatorio al fenómeno de los clubes de consumidores en ese país.

Mártires

“El sistema de prohibición, a pesar de las numerosas críticas que recibe y de las abrumadoras evidencias de su carácter contraproducente, se sostiene en pie con una fortaleza que solo se explica por los intereses ocultos a los que realmente sirve, que lo convierten en rentable a pesar de su aparente fracaso”, plantea Barriuso, quien al cierre de esta nota acababa de volver a ser detenido en Bilbao en calidad de presidente de la Asociación de Usuarios de Cannabis Pannagh y de la Federación de Cultivadores de Cannabis de España (FAC).
Para la FAC, la viabilidad de los clubes sociales de cannabis queda demostrada por la experiencia de más de una década de las asociaciones unidas bajo su paraguas, además de los fallos que sientan jurisprudencia para el futuro.

“Este modelo podría reducir los principales problemas asociados a las drogas: disminuiría el volumen del mercado negro y los consumidores accederían a sustancias no adulteradas y de calidad.

Con el apoyo de las instituciones, plantea la agrupación española, este modelo podría reducir los principales problemas asociados a las drogas: “disminuiría el volumen del mercado negro, los consumidores accederían a sustancias no adulteradas y de calidad”, además “se impediría el acceso a menores de edad, con lo que se reduciría la probabilidad de futuros malos usos de la sustancia, y sería accesible para usuarios terapéuticos”.
Aunque no es cosa de ponerse a plantar y ya, el modelo de la FAC en el camino hacia la normalización requiere de una serie de condiciones. “Los pasos para formar un club comienzan con la inscripción de la asociación en el registro jurídico, luego se firma un acuerdo colectivo de cultivo realizado en base a la previsión del consumo de cada miembro. Si el club es pequeño, el cultivo y distribución puede realizarse en la casa de alguno de los miembros, así como los cuidados pueden estar a cargo de uno de ellos”, cuenta Pablo Ascolani, del colectivo 3M de Rosario, Argentina. Pero los clubes más grandes arriendan o compran inmuebles e incluso pueden pagar a cultivadores profesionales por su trabajo. Debido a la atenta mirada de la justicia, esto nunca puede implicar un desmadre. Es por esto que se lleva a cabo una exhaustiva contabilidad “y la distribución se realiza en la sede, donde solo pueden entrar miembros del club y acompañantes mayores de edad”, cierra Ascolani.
Y el reparto, para evitar malentendidos con la policía, se hace en cantidades equivalentes al consumo de la semana, a razón de dos a tres gramos por día, para no obligar al socio a acudir a diario ni ser acusados de porte excesivo.
El ejemplo está, es cosa de lanzarse.

Posts Recientes

Sobre Soft Secrets

Soft Secrets es la fuente principal de información para el cultivo de cannabis, su legalización, cultura y entretenimiento. Nuestra audiencia es global, apasionada y diversa. Nuestra clave es conectar a las personas a través de información relevante y actual sobre salud, estilos de vida y las oportunidades de negocio que ofrece la cultura del cannabis en todo el mundo.
¿NECESITAS AYUDA PORQUE TIENES UN PROBLEMA RELACIONADO A LAS DROGAS? CONTACTA A TU LÍNEA DE APOYO LOCAL CUANTO ANTES. EN CASO DE RIESGO DE VIDA LLAMA AL 911 AHORA.

Deja un comentario