''Mariguana sin ley'' un texto de Pedro Lemebel para Soft Secrets

Soft Secrets
26 Sep 2013

De pendex, la mari tenía ese cartel de diabólica, de droga que te volvía loca o loco y podías quedar así el resto de la vida. Te metían miedo, te decían que los mariguaneros eran unos zombis que andaban en las noches de luna carroñando cementerios. De pendex, la mari tenía ese cartel de diabólica, de droga que te volvía loca o loco y podías quedar así el resto de la vida. Te metían miedo, te decían que los mariguaneros eran unos zombis que andaban en las noches de luna carroñando cementerios.


Mariguana sin ley

Además,  se creía que fumar yerba era el ingreso a un submundo donde todo estaba permitido, un universo donde el sexo era libre con quién quisieras. Es decir un paraíso, pensé, escuchando que era un espacio de vida donde no había que trabajar ni estudiar ni ocuparse de nada, solo quedarse mirando pasar las nubes en los arcoiris de la era de acuario. Y algo de eso era verdad, porque era la droga anti stress, anti productiva, anti mercado, por eso los jóvenes amaban su liberación de quehaceres y obligaciones burguesas, domésticas, estudiantiles, sindicales y laborales. Creo que por eso amé la mari cuando la probé, porque yo nunca tuve “vocación de servicio” como dicen los políticos ahora haciéndose los curas franciscanos. Aunque muchos amigos la usan para trabajar, y se fuman en la mañana su pito laboral, yo sigo creyendo que amé la mari porque era la flojera entretenida, la flojera delirante, la flojera creativa, la flojera ritual.

Y la recuerdo como la amiga de esos largos veranos ociosos cuando “el sol brillaba sin preguntar”. La mari era la mano amiga, que de una aspirada  te sacaba de este mundo hipócrita y lleno de restricciones. La mari era el descanso azul en un campo de estrellas por siempre. Como no amar esa tierna contusión a tu alma de diamante. Como no amar ese emancipado viento de fuga que sentimos la primera vez, cuando una boca extraña te besó con ese ácido dulzor cannábico. Y nos largamos por el camino de ladrillo amarillo diciéndole adiós a las clases, a los estudios, a esta crónica, a todo lo que oliera a responsabilidad. No me convence el asunto de la legalidad, no me gusta el placer con reloj, la felicidad a crédito, la sexualidad con bendición. La mari etiquetada, la mari timbrada, la mari con sello oficial. Todo se pudre cuando cae en manos de la ley y te dan la bendición papal para volarte en cruz por el cielo de los elegidos. Algo se pierde en ese permiso gubernamental.

Algo se rompe de aquel misterio compartido, de aquel secreto cómplice con la amiga adolescente con quien se fumó la primera vez y el cielo era más que azul esas tardes de nirvana vegetal, escondidos en los parques aspirando ese nacarado verdor. Pecar de inadaptado o de inocentón, puede pensarse por creer que la yerba siempre tuvo que ser clandestina como aquel amor de adolescente que te besaba en la boca y te metía el humo en tus pulmoncitos vírgenes, cachorrito de mi amor. Cuando apenas cumplía los trece años, aquel hippón del parque me ofreció un sueño tirándome el olor a la cara, y arrastrándome a un arrabal en sombras me tomó la barbilla (entonces lampiña), se pegó una profunda aspirada, y sin soltarme la cara me hundió su lengua de humo en mi boquita de turrón. Entonces fueron dos pecados juntos, el primer beso y la primera fumada. Aún tengo en mi paladar aquel arpón mojado de su lengua caníbal. En algún lugar sonaba música, siempre suena alguna música cuando voy flotando en el cielo prófugo de la yerba.

En ese espacio tan privado y compartido con el enamoramiento del tiempo sin edad, ni relojes, ni clases, ni obligaciones. La yerba es anti obligaciones, anti mandatos, anti leyes que te planifiquen el dulce estado de ser humo libre en el cielo mariguano. La mari te hace creer que el tiempo es tuyo, que las horas se desgranan al ritmo cardíaco, lentas, lentas en el rodar del sol tras la bruma dorada de los árboles.

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