Una crónica por la Buenos Aires represora: ¿mejor sin faso?

Pasear por Buenos Aires capital con marihauna: mala idea

Viernes al mediodía. Voy caminando por la calle Tucumán, cerca de la Facultad de Medicina. De repente, a media cuadra delante de mí, veo estacionado un coche policial.
Viernes al mediodía. Voy caminando por la calle Tucumán, cerca de la Facultad de Medicina. De repente, a media cuadra delante de mí, veo estacionado un coche policial. Un cana conversa con un chico moreno, que está bajo el dintel de la puerta de un edificio. El cana tiene una mirada de haber visto muchas cosas feas y de no creer en la humanidad ni en la vida ni en el amor. Una mirada dura, inquisitiva, típica de los policías. El cana me miera. Bajo la vista.

– Cómo vas, ¿bien? – me dice cuando estoy pasando al lado de ellos. Y luego, en un tono un poco más duro. “A ver, mostrame tu documento”.

Me detengo junto a ellos y saco la billetera. Le paso mi carnet. Lo mira.

– ¿De donde sos?
– Soy chileno.
Mira fijamente mi carnet y luego me mira a mí.
– ¿Hace cuanto que estás acá, Marco?
– Hace dos años.
– ¿Ah sí? ¿Y a qué te dedicas?
– Soy periodista.
– Ah, un periodista. – Un poco de aire socarrón. – ¿Dónde trabajas?
– En una agencia de noticias.
Por lo general nadie sabe qué es una agencia de noticias.
– ¿Has sido detenido? ¿Tenés algún asunto pendiente? – dice, siempre mirándome a los ojos.
– No, nada. – le respondo, siempre urgido.
– Quedate ahí, Marco. – me dice.

Mientras llega otro policía, mayor. Alcanzo a ver en la placa que es un sargento. Escucho que detrás mío el primer policía detiene a dos chicos que vienen saliendo del colegio. Lo mismo: les pregunta las edades, les pide los documentos. Hay uno moreno, grande y maceteado, que tiene 17. El otro, más delgado y joven, tiene 18. “A ver, vos, el mayor de edad”, escucho que le dice al de 18. Le pregunta donde vive. Es de la Boca. Anda con un buzo que dice “Egresados Domingo F. Sarmiento”. Agarra su DNI y luego le pasa el documento y mi carnet al sargento, que regresa a la patrulla. Todo se me hace eterno. La gente pasa a nuestro lado y no nos mira.

Después de un rato, vuelve el sargento. Nos devuelve los documentos. Viene con una planilla y una birome. Me pregunta mis datos: nombre, dirección, oficio. Hace lo mismo con el escolar. Luego nos anuncia, con voz triunfal, que ellos van a revisar al chico del dintel y que nosotros vamos a ser los testigos. El policía joven interroga una vez más al chico sospechoso.

– ¿Estuviste detenido alguna vez?
– No, sólo una vez, por lo que le dije antes.
– ¿Por qué asunto era?
El chico hace una pausa como tomando aliento.
– Por marihuana. – dice en voz baja.
– ¿Y ahora andás con algo?
– Sí. – dice resignado.
– A ver, mostrá.

El chico saca del bolsillo trasero un cigarrillo de marihuana y del bolsillo delantero un cubo de yerba prensada, tipo caldo Knorr, y se lo entrega al sargento. El sargento me hace oler la yerba. También al escolar. “Esto lo hacemos para que después no digan que les ponemos diez mil kilos de marihuana”, dice.

– ¿Eso es todo?
– Sí.
– Mirá que si no tenemos que revisarte nosotros. Largá todo.
– ¡Es todo! – asegura el chico.
– ¿Seguro? – le dice el policía, mientras le palpa los huevos y luego las piernas. “Sí, sí”, dice el chico.

El sargento empieza a llenar una ficha que dice “Acta de secuestro”. En un espacio en blanco describe lo que acaba de entregar el chico. Escribe “enbuelto”, así, con “b”, y “un cigarrillo de lo que parece ser marihuana”. “Porque eso tendrá que determinarlo el perito”, me dice. Después nos hace firmar: primero yo, “el periodista”, luego el escolar. Miro al escolar, que me responde con una mirada de “uy, qué bajón”. Todo por un poco de marihuana.

El chico empieza a protestar, mientras entrega su billetera con los colores de River.
– A mí me joden por un poco de yerba y los chorros andan libres por la calle.
– Pero qué querés, es un delito.
– Yo soy un laburante, voy al trabajo. Si llego atrasado me largan.
El policía lo ignora.
– A ver, ponete contra la pared, que te vamos a poner las esposas.

En eso viene un tercer policía, un agente, recién salido de la Escuela. Todavía tiene la mirada limpia. Le coloca las esposas. Luego el sargento le pasa la planilla y el agente nos pide a los testigos que nos acerquemos. En nuestra presencia empieza a leerle los derechos.

– En conformidad con el artículo 184, inciso b… – y así. Una perorata de artículos ininteligibles. Lee con un tono monocorde… “en caso de no tener abogado, el juez le designará uno de oficio…” y así. Yo no miro al chico.

– Bueno, muchachos, ahora nos vamos todos a la comisaría. – anuncia el sargento. Al escolar y a mí nos asegura que el asunto no tomará más de media hora.

– Por favor sáqueme las esposas. No quiero que la gente me vea así. – pide el chico.
– Llevatelo al coche. – le ordena el primer policía al agente. Se lo lleva. En eso llega un segundo coche. Bajan dos policías. Uno de ellos es muy rubio y podría ser holandés. Pienso en sus abuelos holandeses apiñados en el barco, llegando a la Argentina un día soleado de 1920, cuando acá los salarios eran los mismos que en Estados Unidos. “Estos son testigos”, les dice el sargento. Luego le pregunta al chico de 17 si quiere acompañar a su amigo. Le dice que sí. Nos subimos los tres en la patrulla, con los dos policías. El escolar dice, casi excitado: “¡Mi primera vez en una patrulla!”. Está relajado. Yo estoy nervioso. El holandés maneja.

En cinco minutos llegamos. Es la Comisaría 5., en Lavalle al 1900, a una cuadra y media de Callao. Nos dejan en la guardia. Otra media hora. Hay bastante gente. Una mujer, con un bebé, que declara amenazas del marido. Otra señora viene a denunciar el asalto de su pequeño minikiosko. Describe a los asaltantes. En la pared hay fotos de policías, gordos, cincuentones, de uniforme.

Finalmente, el sargento nos lleva a una oficina, donde nos presenta al principal X. “¿Cómo están, muchachos, bien?” Es amable. Sentado en una computadora, el principal llena una ficha con nuestros datos. Esta vez incluso me preguntan los nombres de mis padres. Luego redacta una “declaración de testigos”. Nos pregunta qué se decomisó al muchacho. Nos pregunta de qué bolsillo sacó el porro. “Del izquierdo trasero”, dice el escolar. “Bien, este podría ser un buen policía”, dice el sargento, en tono cómplice. Luego todo se imprime, leemos la declaración y la firmamos.

Después, a la salida, pienso que cuando sea viejo voy a poderles contar a mis nietos esta anécdota como algo típico de principios del siglo XXI, cuando la marihuana aún estaba prohibida. “¿Estaba prohibida, abuelo?”. “Sí, estaba prohibida”. “Qué ridículo”. “Sí, la verdad es que era ridículo”.

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