Una crónica fumona de Pedro Lemebel: "La Nube"

La Nube

Antes de irse para siempre nuestro amigo, el gran escritor Pedro Lemebel, nos dejó esta hermosa crónica de cuando fumaba marihuana escondida de todos los monstruos.

Por entonces, en el Chile de los setenta, a los homosexuales no les gustaba la marihuana, la encontraban hedionda, decían que eran vicios de hippie. Andar fumado era andar evadido, como imbécil, atontado por la planta. Ellos preferían el alcohol, tomaban pisco, y cuando yo sacaba un fumo, se largaban a reír, se tapaban las narices, me encontraban roteca, volada, por eso me pusieron La Nube, porque según ellos yo siempre andaba en el aire.
Así era aquel ayer, cuando me juntaba con un grupo de locas quinceañeras a bacilar adolescencias, a deshilar babas inocentes en los testimonios sexuales de cada una, contando primeros trotes a la caza de algún coito maripozón. Cada cual exponía su mejor pose narrando aquella primera vez, aquel primer sobajeo, aquel estruje con el primo del sur que tuvo que dormir conmigo en la casa de la playa, se acordaba la Felipa, invitándonos a todas para aquel fin de semana a su casa de Horcón, la leyenda del amor libre y las drogas psicodélicas, el balneario de moda donde los hippies nudistas exhibían sus pudores velludos.
Y allá íbamos las locas en el pullman bus rumbo al mar, riendo, cantando, jodiendo…y cuando llegamos, la Felipa nos hizo trepar un cerro hasta la cumbre donde se encontraba la mediagua, la choza sin baño ni agua potable. Es decir, una pocilga, dijo la María Misterio arriscando la nariz. Pero qué le vamos a hacer, ya estamos aquí. Sácate uno de esos cigarros tuyos, Nube, me dijo. Y sin pensarlo, prendimos cuatro fumos para todas y luego cuatro más… y cuando nos vinimos a dar cuenta estábamos en la playa bañándonos desnuditas como dios nos echó al mundo. Como las locas nunca habían fumado, se pusieron escandalosas, gritando y saltando cuando venían las olas. Ya poh, Nube, sácate otro, me gritaban. Pero ya no había más. Por eso nos acercamos a unos pescadores con cara de fumones y les preguntamos donde conseguir marihuana. Ellos, al vernos tan niñitas, nos ofrecieron de todo a cambio de visitarnos en la noche. Y claro que yes, dijo la María Misterio, y hacemos una fiesta y elegimos a la reina de Horcón y entre ustedes al rey Jurel por el tamaño del pedazo.
Todas quedamos encandiladas con el panorama de la noche, hablando y bromeando mientras subíamos la cuesta haciendo colecta para comprar las botellas de pisco y esperar a los hombres que nos traerían la marihuana.
Y esa noche, todas nos engalanamos e improvisamos dos coronas con papeles dorados de cigarrillo. Para el rey y la reina, decía la María Misterio, enroscando el papel metálico en las tiras de alambre. Pero los hombres no llegaban, y nosotras fumar y fumar, y no llegaban… hasta que de pronto, unos pasos, unos ruidos, y golpean la puerta… y eran ellos. Entraron disculpándose por la demora, que chiquillos perdonen pero tuvimos que ir a Valparaíso a conseguir la yerba. ¿Y encontraron?, grito la María Misterio, prendiendo unas velas para iluminar la miseria de la casa de tablas. Claro, mi reina, y de la mejor, mira huele. Estamos dados, suspiró la María Misterio sirviendo pisco para emborrachar a los hombres, pero ellos eran hombres de mar, duros de embriagar. Y como tontas, nos emborrachamos nosotras primero. Y entre brindis y brindis ellos eligieron a la María Misterio de reina porque era la más simpática. Y después pusieron sus trofeos sexuales a la luz de las velas para que los midiéramos y elegimos al rey Jurel. Bueno es hora que mamá y papá Jurel se vayan a dormir y ustedes también niñitas, elijan novio, nos dijo la María Misterio acomodándose con Mister Jurel en un colchón.
Y cada pareja se acomodó en el suelo y empezó el ensarte jugoso. El déle que déle, el déle que suene. Sácate uno poh, Nube, me gritaba la María Misterio riéndose de placer.
Todas estábamos tan voladas, boqueando, asesando con los pescadores, que no faltó la que hizo una acrobacia para lucirse, estiró un pie y botó la vela sobre la ropa, se quebró la botella de pisco y estalló mierda el incendio. Todo se inflamó de improviso. Fuego! Fuego! gritaban las locas arrancando a culo pelado, tropezando, cayéndose, tratando de salvar al menos la ropa para vestirse; tan borrachas que no atinaban a encontrar agua para apagar las llamas. También los pescadores arrancaron a perderse. Y solo la Felipa corrió cerro abajo en busca de un bidón con agua. Pero cuando llegó se había quemado media casa. Ahí nos amanecimos esperando el día para regresar a Santiago. Sácate uno de los tuyos, poh Nube, para pasar el mal rato, escuche que me decía la María Misterio, rescatando la corona medio chamuscada entre los escombros.

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